El sonido de sus tacones resonaba en los pasillos de la empresa como el eco de su propia furia contenida. Camila salió de la oficina de Leonardo con los labios apretados y las manos cerradas en puños. No podía permitirlo.
No podía dejar que Isabela siguiera interponiéndose en su vida, en su destino.
Leonardo estaba actuando como un idiota, como si tuviera dudas. ¿Desde cuándo Leonardo Arriaga dudaba? ¿Desde cuándo no hacía lo que ella quería?
—Todo esto es por culpa de esa maldita mujer… —susur