El rugido del motor del Ferrari negro cortaba el silencio de la noche mientras Leonardo Arriaga aceleraba a toda velocidad por las calles desiertas.
Su mandíbula estaba tensa, sus nudillos blancos sobre el volante.
Sabía dónde estaba Isabela.
Después de horas de búsqueda frenética, de mover contactos y exigir información, al fin había dado con su ubicación.
Un almacén abandonado en las afueras de la ciudad.
Leonardo no perdió tiempo.
No llamó a la policía.
No esperó refuerzos.
Él iba a