Sofía descendía con cuidado los escalones, sus dedos rozando la baranda como si temiera que el más mínimo ruido alertara a alguien. El silencio matutino era engañoso, y su estómago se retorcía no por hambre, sino por una inquietud que no lograba sacudirse desde la noche anterior. Pero se le habían pegado las sábanas tampoco Naven la había despertado. Había tenido la esperanza de que, al bajar temprano, podría servirse un café y desayunar en soledad hoy, pero no se habia despertado y ahora estab