El silencio después de la tormenta era más inquietante que cualquier grito. La habitación seguía inmóvil, sumida en una tensión que se pegaba a las paredes, al aire, a la piel. El último cruce de palabras entre Sofía y Naven había dejado un campo de batalla invisible, pero latente, entre ellos.
Ella seguía firme, o al menos eso intentaba. Pero sus dedos estaban fríos y su garganta seca. Naven, en cambio, parecía una escultura de mármol. Quieto, elegante… hasta que dio el primer paso.
Y entonces