El cielo estaba gris, anunciando la posibilidad de lluvia, pero Sofía necesitaba salir. La noche anterior había sido otro campo de batalla dentro de su mente. No había dormido. Ni un segundo. Cada vez que cerraba los ojos, los besos de Naven volvían con fuerza, como si su cuerpo aún recordara el roce de sus labios antes que su propia voluntad pudiera defenderse.
Se puso un abrigo ligero y salió al jardín allí era su único lugar seguro, dejando que el aire fresco le despejara un poco la mente. E