Es como si pudiera sentir el gruñido recorriendo todo su cuerpo cuando tira de mi boca de nuevo hacia la suya, nos gira a los dos y se frota contra mí. Tiene una mano apoyada en la cama junto a mi cabeza para sostenerse, la otra rebuscando entre los juguetes para coger lo que necesita primero.
Coge la mordaza, luego la tira de nuevo, haciéndome gimotear.
—Paciencia, muñeca. Quiero oírte un rato más —me guiña un ojo, antes de agarrar lo que realmente necesita: el lubricante—. Primero tenemos que