—¡David! —siseo, moviéndome para empujarlo fuera de mí, pero él clava los ojos en los míos, frunce el ceño y luego agarra mi muslo, sujetándome contra él—. No puedes…
—Sí —responde a quien sea que esté al teléfono, interrumpiendo lo que iba a decir y empezando a follarme lentamente.
—¿Estás hablando en serio ahora mismo?! —susurro.
Alarga la mano hacia la mordaza que tiene al lado, se inclina hacia delante para metérmela en la boca, empujando sin querer su longitud completa dentro de mí. Mi gem