–¡Carajo!… –la palabra se le escapa entre dientes, cargada de una frustración que ya no es solo momentánea, sino acumulada, constante, cada vez más difícil de disimular. – No voy ni siquiera un mes de trabajo y ya me siento sumamente observada, o mejor dicho, es obvio que estoy siendo observada.
Valeria mantiene el teléfono en la mano con una rigidez que no es casual, como si apretarlo con suficiente fuerza pudiera obligar a la pantalla a darle una respuesta que no llega, porque el número no e