Los golpes en el cuerpo de Richard caen con un ritmo metódico que retumba en las paredes húmedas del sótano, dejando marcas moradas que se extienden sobre la piel donde la sangre de las heridas anteriores ya se encuentra completamente seca, pero él no emite ni un solo quejido de dolor frente a los hombres de Adrián, quienes no cesan de descargar los palos de madera sobre su torso magullado. Richard ya está rendido en cuerpo y alma, no porque tema a la muerte que acecha en cada rincón de esta fo