—¡Lucas! —solté, incrédula, golpeándole con los puños en la espalda, aunque dudaba que lo sintiera—. ¡Bájame ahora mismo! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—Evitando que cometas otra estupidez —respondió sin siquiera voltear, su tono era tan irritante como despreocupado.
—¡Esto es secuestro! —seguí forcejeando, con mi voz alzándose a pesar de lo absurdo de la situación—. No puedes simplemente cargarme como un saco de papas y fingir que esto está bien. ¡Déjame ir, estúpido!
—Deja de gritar