Diego
Inhalé profundamente por la nariz, intentando calmarme.
—Por el amor de Dios, Diego —gruñó Fernando—. Baja el tono. El pobre tipo está haciendo lo que puede.
—Mentira. Es inútil. Lleva aquí una semana y no tiene ni puta idea de lo que está pasando. Más le interesa andar detrás de las chicas de abajo.
Fui al bar, me serví un whisky y me acerqué a la ventana, mirando la ciudad abajo.
—Son las diez —dijo Fernando, seco, mientras me observaba.
—¿Y? —bufé mientras sorbía el whisky, sintiendo c