Adri
Sentí una mano en el trasero y me dio una palmada firme.
—Vamos.
Fruncí el ceño y me giré hacia él.
—¿Qué?
—Arriba.
—¿Eh?
Me estiré y abrí los ojos. Las cortinas estaban corridas, y la luz del sol se filtraba por los enormes ventanales. Miré alrededor, todavía medio dormida.
—¿Qué hora es?
—Las ocho. Levántate. Vamos a correr por Central Park.
—¿Quién?
Fruncí el ceño. Él estaba envuelto en una toalla, recién duchado.
—Tú y yo.
Me rasqué la cabeza, confundida.
—¿Te duchaste para salir a cor