Emma abrió la puerta del apartamento un martes por la tarde.
Estaba pintando mientras los bebés dormían la siesta. Damien estaba en la oficina ocupándose de asuntos de reestructuración que aún requerían su atención.
Casi no abrió la puerta.
Pero algo la hizo hacerlo.
Una mujer estaba de pie en el pasillo. Era mayor, quizás de unos sesenta años, con el cabello plateado y ojos amables. Emma no la reconoció.
—¿Emma? —preguntó la mujer.
—Sí —respondió Emma con cautela.
—Mi nombre es Catherine Vale