Tres meses después del nacimiento de los gemelos, Emma estaba agotada de una forma que el sueño no podía solucionar.
Alexander y Sophia eran hermosos, pero exigentes.
Lloraban en momentos distintos.
Comían en horarios distintos.
Emma sentía que su cuerpo ya no le pertenecía.
Una noche, después de que los bebés finalmente se durmieran, Damien la encontró de pie en la cocina a las tres de la madrugada, mirando al vacío.
—Ven a la cama —dijo.
—No puedo —respondió Emma—. Uno de ellos se despertará.