La penumbra del túnel era un abismo viviente, y Falco, con sus ojos fijos en Rasen, sentía una mezcla visceral de desprecio y determinación. La humedad impregnaba cada respiración, y el hedor de la corrupción flotaba como un recordatorio palpable de que el ser frente a él había dejado de ser humano.
—¿Quién tuvo la arrogancia de traer semejante abominación al mundo? —espetó Falco con frialdad, desenvainando su espada con un destello plateado.
Steven, inmóvil a su lado, miraba con el ceño fruncid