109. DE SOFÍA Y SUS DEMONIOS
ó suavemente y le sonrió.
Sin embargo la respuesta de la chica de ojos negros fue contundente tiro de su mano con brusquedad y la sacó de entre las manos de Alek, junto sus rodillas y las pego a su pecho para arrinconarse sobre la cama, dejó de mirar al que era su compañero de último año de escuela y hundió su cabeza entre sus rodillas
—Sofía, yo fui a tu casa…
—¡¿A qué?! —gimoteo con rabia sin sacar su rostro de sus rodillas, estaba avergonzada—. ¡NO TENÍAS NADA QUE HACER ALLÍ! —Las lágrimas