Después de casi una hora llegamos a nuestro destino, La Torre de Alta Mar, y en la entrada ya nos está esperando Leonardo, con una enigmática sonrisa en su rostro, le da las gracias a Mateo y entrelaza su mano con mía hasta llevarme al interior del restaurante.
Con cada paso que damos, me percato de cómo atrae la mirada de varias mujeres, sin dudarlo ni un segundo enredo mi brazo en el de él con un poco de posesividad y muerdo mi lengua para decirles nada.
—Tomen asiento, por favor —nos indica u