La orden golpeó como una bomba. Como las bombas que instalo en los autos de los hermanos de David ese mismo día. El ruso se retorció en las manos de los guardias, la rabia le brotaba por los ojos; su respiración era una cadena de frustración.
Caleb sintió el estómago hundirse. El absurdo y la crueldad del pedido le revolvieron el alma.
Milán, con la mirada ya desencajada por el miedo, titubeó. El brillo en sus ojos se quebró entre la lealtad filial y la supervivencia. El instante aterrador, los