Caleb se acercó con la rabia visiblemente. —¡Suéltala! —replicó sin temor—. No te prometo un trato sensible si continuas con tus insinuaciones.
De inmediato, los guardias del Ruso reaccionaron. Las armas se alzaron, apuntando directamente a Caleb. El aire se volvió denso, peligroso. Un solo movimiento en falso podía convertir todo en una masacre.
Rous entendió al instante lo que estaba en juego. Respiró hondo y, sin perder el control, dio un paso más hacia el Ruso, interponiéndose sutilmente entre él y Caleb. —No me toques —repitió ella, esta vez con una frialdad que heló la sangre—. Yo no te he dado ese maldito derecho.
Luego, sin apartar la mirada del Ruso, añadió: —Ordena que bajen las armas. ¡Ahora!
El Ruso arqueó una ceja, sorprendido. Sus labios se curvaron en una mueca burlona. —Vaya, vaya —dijo con elocuencia—. ¿Con que ahora lo defiendes? Cuando antes escupías al pronunciar su nombre.
Rous se inclinó hacia él, quedando tan cerca que casi rozó su nariz. Su voz fue apenas un mu