Rous observaba cada movimiento desde la sala de monitoreo como si su cuerpo estuviera allí abajo, entre los furgones, el polvo y las cajas selladas. Sus ojos seguían a los hombres, a las manos que cargaban, a los pasos calculados. Cada gesto parecía normal, como si ella siempre hubiese estado ahí, pero algo dentro de ella no lo era. Un presentimiento vago, innecesario en apariencia, comenzó a formarse en su pecho, como una sombra sin forma que se alargaba lentamente.
No se percibía como un miedo puro. Era algo más profundo. Una inquietud que no sabía explicar, una tristeza espesa que se le coló sin pedir permiso. Rous apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y respiró hondo. Se obligó a concentrarse, pero su mente traicionera comenzó a viajar lejos de ese lugar, lejos del futuro al que no sentía pertenecer, pero que se estaba forjando en él.
Pensó nuevamente en su tiempo. En el pasado del que venía. En cómo, sin darse cuenta, los secretos, las mentiras y el dinero mal habido