Rous observaba cada movimiento desde la sala de monitoreo como si su cuerpo estuviera allí abajo, entre los furgones, el polvo y las cajas selladas. Sus ojos seguían a los hombres, a las manos que cargaban, a los pasos calculados. Cada gesto parecía normal, como si ella siempre hubiese estado ahí, pero algo dentro de ella no lo era. Un presentimiento vago, innecesario en apariencia, comenzó a formarse en su pecho, como una sombra sin forma que se alargaba lentamente.
No se percibía como un mied