Afuera, el amanecer seguía su curso, ajeno a la tragedia. Pero para Rous, el tiempo acababa de romperse, pero lo que venía después no iba a ser nada misericordioso. No lloró más, se contuvo las entrañas. El llanto había cumplido su función de sentir el pesar por lo sucedido. Ahora quedaba el control, ahora le quedaba apoderarse del lugar como un fuerte.
Rous comenzó a caminar con lentitud, respiró hondo y se secó el rostro con el dorso de la mano, manchándose de sangre seca. Miró a las monjas que permanecían paralizadas en la puerta del despacho y habló con una firmeza que las sacudió. —Levanten el cuerpo de la madre con cuidado —ordenó—. Llévenla a la sala contigua. Quiero que todo quede cubierto, limpio, digno. Nada de curiosos. Nadie entra aquí desde ahora sin mi permiso. ¿Entendido?
Las monjas reaccionaron al fin. Algunas afirmaron entre sollozos, otras se persignaron, pero todas obedecieron. Rous siguió dando instrucciones, una tras otra, como si el dolor se hubiera convertido en