Afuera, el amanecer seguía su curso, ajeno a la tragedia. Pero para Rous, el tiempo acababa de romperse, pero lo que venía después no iba a ser nada misericordioso. No lloró más, se contuvo las entrañas. El llanto había cumplido su función de sentir el pesar por lo sucedido. Ahora quedaba el control, ahora le quedaba apoderarse del lugar como un fuerte.
Rous comenzó a caminar con lentitud, respiró hondo y se secó el rostro con el dorso de la mano, manchándose de sangre seca. Miró a las monjas q