Ella susurró entre gemidos y jadeos cortos. —¡No dejes de tocarme! Continúa afinando mi instrumento. ¡Te lo ruego! Hazme sentir lo que al pasado se le olvidó.
Era una lengua danzante la de la Caleb, sus movimientos curvilíneos, movimientos ondulares y algunas pequeñas penetraciones de su lengua a la profunda hendidura de la hermosa y recada mujer que se abría abierto ¡Por fin! Al hombre que parecía su futuro asegurado y un amor verdadero.
Su dedicación fue prodigiosa, su deseo penetro los senti