—Bésame… —suspiro entre cortos jadeos y rozando su entre pierna con la de Milán—. Quiero que me penetres con l apunta de tu lengua, deseo que me lleves al clímax máximo con tu mojada y gruesa punta de tu lengua.
Milán sintió un golpe de calor que afecto sus sentidos, él no podía creer que escuchaba a la misma Rous. A esa mujer que era reservada, calmada. La mujer que cuidaba su cuerpo como un verdadero templo para rezar y no para pecar.
Milán paso su lengua por el rostro de Rous hasta descender