El sonido de las tazas, el murmullo de la tarde y el fuerte aroma del café recién molido se mezclaban en un cuadro perfecto, casi demasiado sereno para lo que ambos llevaban dentro.
Rous eligió una mesa junto a la ventana, donde la luz gris se deslizaba en líneas sobre su rostro, y Milán la siguió, todavía incrédulo de lo que estaba ocurriendo.
Ella sonrió tras observarlo dudar. —¡No muerdo, Milán! —dijo, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. Solo pensé que sería incómodo tomar café sola