Caleb respiró hondo, como si las palabras de Rous le dieran permiso para existir de nuevo. Ella, sin embargo, mantenía la máscara perfectamente colocada: dulce, comprensiva, ofrecida… pero jamás entregada. Cada caricia era una estrategia, cada gesto una inversión a futuro o con intereses de buena paga.
—Si tan solo pudiera ser ese hombre… —murmuró Caleb, casi pidiendo instrucciones, casi rogando ser moldeado. —¿Qué tipo de hombre seria suficiente para ti? Es lo que me he preguntado por mucho ti