Caleb respiró hondo, como si las palabras de Rous le dieran permiso para existir de nuevo. Ella, sin embargo, mantenía la máscara perfectamente colocada: dulce, comprensiva, ofrecida… pero jamás entregada. Cada caricia era una estrategia, cada gesto una inversión a futuro o con intereses de buena paga.
—Si tan solo pudiera ser ese hombre… —murmuró Caleb, casi pidiendo instrucciones, casi rogando ser moldeado. —¿Qué tipo de hombre seria suficiente para ti? Es lo que me he preguntado por mucho tiempo.
Rous se acercó un poco más, sin invadir, sin ceder, solo rozando el borde exacto donde la intimidad parece un camino posible. Apoyó su mano sobre la mejilla de Caleb, suave, cálida, precisa. —Puedes ser más de lo que crees —susurró con voz dulce—. Sólo tienes que tomar las oportunidades correctas. Si no, ¡Mírate ahora! Estoy segura de que esto lo has logrado solo y no fue mi determinación sino tu entusiasmo por ser alguien mejor.
Caleb frunció el ceño, confundido, por un instante dudó de s