La cena no fue en un restaurante con estrellas Michelin ni en una lujosa suite con vistas al Coliseo. Andrey la llevó a un pequeño apartamento en el Trastévere, propiedad de un “amigo de un amigo”, una guarida segura y anónima amueblada con muebles sencillos y estanterías repletas de libros en italiano y ruso. Él mismo cocinó, moviéndose por la minúscula cocina con una concentración sorprendente, mientras Brany descorchaba una botella de Barolo.
—No sabía que cocinabas —comentó ella, apoyada en