Una semana después, Brany se encontraba en una estación de tren en Helsinki. El frío aquí era diferente al de San Petersburgo; era limpio, agudo, impersonal. Había elegido Finlandia por su anonimato y su distancia de todo lo ruso. Con el dinero que Iván, actuando por su propia cuenta y lleno de remordimientos, le había conseguido de sus ahorros, tenía para unos meses. El tiempo para respirar, para no ser la protegida, la engañada, la amante de nadie.
Estaba comprando un café y un panecillo en