XVII Un mal bailarín...
El frío viento besó los hombros desnudos de Úrsula. Se congelaría a la espera de un taxi, pero eso sería lo más prudente en su actual estado etílico.
—No, señor Kamus, muchas gracias, pero ya cojo un taxi.
—Insisto, me queda de paso.
—¿Y cómo sabe usted donde vivo?
—Está en tu contrato.
—Cierto, pero me cambié de casa hace poco.
—Mejor todavía, así aprovecho de tomar nota de la nueva dirección y actualizarla. Sólo quiero asegurarme de que llegues a salvo, ya que tu amigo te dejó aquí.
—Tuvo una