En lo más profundo de las montañas del norte, en un campamento oculto entre los picos nevados, Varek sintió el nacimiento antes de que llegaran los mensajeros.
No fue un sonido. No fue una visión. Fue algo más primitivo: un escalofrío en la nuca, un peso en el pecho, una sensación de que algo había cambiado en el mundo. Algo que lo afectaba directamente.
Sus ojos, de un amarillo pálido que parecía arder con una furia perpetua, se clavaron en el horizonte. Allí, a lo lejos, la fortaleza Lycan br