Los ojos de Bóreas, antes serenos, se encendieron con una luz dorada tan intensa que muchos apartaron la mirada. Su cuerpo se tensó. Sus manos, que descansaban a los costados, se cerraron en puños.
—Repite lo que dijiste —ordenó, y su voz no era humana.
La Lycan sintió que las piernas le cedían. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Cayó de rodillas, con la cabeza inclinada, temblando como una hoja en una tormenta.
—Majestad... yo no quise...
—No te pregunté qué quisiste —la interrumpió Bórea