Siguieron conduciendo en silencio durante lo que parecieron horas. El camino se volvió más angosto, más peligroso, bordeando precipicios y serpenteando entre formaciones rocosas que parecían esculpidas por manos gigantes.
Las bestias no volvieron a aparecer.
Pero eso no los tranquilizó. Al contrario, la ausencia de esas sombras era aún más inquietante. Como si el territorio mismo contuviera la respiración, esperando.
—Mira ahí —dijo Franco de repente, señalando hacia adelante.
En la distancia,