—Sol... detente y no me hagas perder la maldita paciencia. Si yo no te defiendo, ¿quién diablos esperas que lo haga? Yo soy el hombre en esta relación, no tú. Cállate y déjame hacer lo que me corresponde —le dije furioso.
—Es que no entiendes nunca. No me importa que me defiendas, pero hacer esa estupidez con una señora que simplemente está desquiciada delante de los demás... tienes que aprender a controlar tus emociones. No puedes resolver todo a plomazos y golpes. —
La agarré duro por ambos b