Después de eso no para, se aferra a mi cintura y percute en mi interior sin parar. Duro, fuerte y sin piedad.
Me enloquece y grito sin poder evitar sentir que jamas he sido follada de forma tan salvaje.
—Ahora eres mi mujer —ruge en un bramido mientras me tira del pelo hacia atrás —. Mía y de nadie más.
Me da la vuelta, me carga y echando las caderas hacia atrás, coge impulso y sale despedido hacia adelante otra vez y me penetra. Él dispone todo y me obliga a ser una muñeca en sus manos. Me anu