—¡Victoria, corre! ¡Los buitres ya vienen! Han estado acechando, esperando el momento en que bajemos la guardia. Tenías razón… No habrá piedad. Ha llegado la hora de pagar.
—¿Y crees que voy a huir y dejarte aquí solo? ¡Estás delirando!
—¡Vete! Yo sé cómo enfrentar esto.
—¡Cállate, Tristán! —le grité, aferrándome con fuerza a su pecho. En ese instante, la lluvia comenzó a caer con furia, y el paisaje, antes sereno, se tornó hostil y amenazante.
—Si perdemos la confianza en nosotros, entonces si