—Entonces de verdad lees mentes.
—Un poco —respondió, entretanto el vino me daba el valor para arrancarle la careta.
—No quiero hablar del tema; dejé de ser buena para esto… y siento que esto no nos conviene a ninguno de los dos…—Tristán cortó mis argumentos.
—Ni se te ocurra darme un sermón porque no me interesan tus razones. Volvería a buscarte aunque supiera que eres una cruel asesina. Déjame sacarte esas excusas de la cabeza porque sé que sabes ser amable… puedo olerlo y sentirlo. Así que