54- Dos aromas.
Sus ojos brillaban, húmedos de furia.
—Hace unos minutos, ni siquiera pudiste marcarme —susurró, como si lo dijera solo para sí misma—. Porque ella… está aquí. En la misma manada. Y tu lobo ya no puede reclamar a otra.
Gregor apretó los puños.
—¡Eres una tonta! ¡Acaso no viste como la traté por ti! —rugió señalando hacia la puerta—. ¿Cómo no puedes ver que te amo? ¿Cómo no entiendes que si no puedo reclamarte como mi luna, preferiría arrancarme los malditos colmillos?
Elyria tembló. No de miedo