La mano con la que sostenía la pieza de ajedrez se me quedó tiesa de repente.
El corazón me dio un vuelco.
Él lo sabía.
Aunque, pensándolo bien, en esta casa, si él quería enterarse de algo, no había forma de ocultárselo.
—¿Estuviste revisando mis cosas? —pregunté con la voz seca.
—Fuiste tú la que no las escondió bien.
Víctor retiró la mano y se recostó contra el respaldo del sofá, con expresión indiferente.
—Tienes un tumor cerebral en etapa terminal. Puedes morir en cualquier momento. ¿Por qu