Mi cuerpo se iba deteriorando cada vez más. Se me empezó a nublar la vista. Cada vez me costaba más distinguir los rostros. Solo podía reconocer a la gente por la voz.
Mamá lloraba todos los días; tenía los ojos tan hinchados que parecían duraznos.
Empezó a aferrarse a la religión.
Todos los días recitaba pasajes sagrados en la habitación, diciendo que lo hacía para pedirle a Dios que me bendijera.
Yo escuchaba aquellas plegarias y solo me sentía más irritada.
—Mamá, ya no reces —dije.
—Si de ve