Capítulo 4
Víctor tenía secretos. Yo lo sabía.

Una vez vi en la papelera de su estudio un frasco de pastillas idéntico al mío.

Era un analgésico potente, de los que suelen recetar a los pacientes con cáncer terminal.

Ese día, mamá me pidió que le llevara fruta al estudio.

Víctor no estaba. Había ido al hospital a su sesión de diálisis.

Dejé el plato de fruta y, justo cuando iba a salir, vi en la papelera aquel frasco blanco tan familiar.

Lo recogí y lo miré.

Era un frasco de vitaminas de liberación prolongada, pero dentro había pastillas de morfina.

Yo también había usado ese truco.

Esconder el medicamento que me mantenía con vida en un frasco común de vitaminas, para engañarme a mí misma y a los demás.

Así que Víctor, ese hombre al que Elena llamaba un monstruo despiadado, también estaba soportando en silencio un dolor igual de insoportable.

Volví a dejar el frasco en su lugar y fingí que no había visto nada.

Por la noche, Víctor regresó.

Tenía peor aspecto que de costumbre y caminaba tambaleándose.

Mamá se acercó enseguida, intentando sostenerlo.

—No me toques.

Él la esquivó. Su voz estaba cargada de dolor contenido.

La mano de mamá se quedó suspendida en el aire. Tenía los ojos enrojecidos.

—Víctor, ¿hice algo mal?

—Solo estoy cansado.

Víctor ni siquiera la miró y subió directamente al segundo piso.

Al pasar junto a mí, se detuvo un instante.

En ese momento percibí el fuerte olor a desinfectante que traía encima, y también un tenue rastro a sangre. Era el olor inconfundible de la diálisis.

Esa noche, el dolor me despertó.

El tumor en mi cabeza me estaba oprimiendo los nervios con una ferocidad insoportable.

Me dolía tanto que estaba empapada en sudor frío, encogida bajo la manta, temblando.

Quise beber agua, así que me levanté y bajé las escaleras, tambaleándome.

La sala estaba a oscuras, pero vi una silueta sentada en el sofá.

Era Víctor. Estaba ahí, inmóvil.

Entre los dedos sostenía un cigarro, cuya brasa parpadeaba en la oscuridad.

No me atreví a decir nada; quise retirarme en silencio.

—Ya que estás despierta, ven.

Su voz llegó desde la oscuridad, ronca y cansada.

No me quedó más remedio que acercarme.

—¿Sabes jugar ajedrez? —preguntó.

—Un poco.

—Juguemos una partida.

Me senté frente a él.

A la luz de la luna, vi su rostro pálido como el papel y la frente cubierta de sudor frío.

Estaba aguantando el dolor, igual que yo.

Jugamos tres partidas.

Ninguno habló; solo se escuchaba el seco golpeteo de las piezas sobre el tablero.

Él jugaba con ferocidad, como si estuviera desahogando algo. Yo jugaba con calma, midiendo cada movimiento.

—¿Te da tanto miedo perder? —preguntó Víctor de repente.

—No puedo darme el lujo de perder.

Moví una pieza.

Víctor soltó una risa baja.

—Al final, la vida es una partida perdida. Por mucho que luches, el final siempre es el mismo: perder.

No lo contradije.

Ya estaba por amanecer cuando terminó la última partida.

Yo estaba por recoger las piezas y volver a mi habitación.

Pero la mano de Víctor cayó de pronto sobre el tablero.

Levantó la vista y clavó en mí su mirada profunda.

—Ese informe médico que escondes bajo la almohada, ¿hasta cuándo piensas seguir ocultándolo?
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