Di el primer paso para salir del bosque y entrar en el fango de la calle principal. El Límite no era un pueblo; era una herida abierta supurando en la tierra. El olor a cerveza rancia, cuerpos sin lavar y humo grasoso que había sentido desde la cresta era diez veces más intenso aquí, una agresión a mis sentidos agudizados. Las cabañas de madera parecían a punto de derrumbarse, inclinadas unas contra otras como borrachos que se sostienen mutuamente. No había insignias de clanes a la vista, solo