—Mírenla —dije, y mi voz sonó más profunda de lo que debería—. No a mí. A ella.
No señalé a Hecate. Señalé la sombra. Porque ahí estaba su verdadero rostro, más honesto que sus palabras suaves.
La espiral se agitó, como si le doliera ser vista.
La Luna no se contentó con mostrar manchas. De pronto, la visión cambió.
Ya no era el territorio. Eran momentos.
Vi la primera vez que un joven fue marcado por Hecate. Su promesa de fuerza. Sus palabras dulces, hablándole de un poder que ni la Diosa le d