El charco de sombras tembló, contrayéndose con un movimiento casi orgánico, como si tuviera un corazón propio latiendo bajo una piel que jamás debió existir. No era simplemente un residuo del monstruo: era una semilla. Una puerta. Un eco de algo mayor. Y Hecate dio un paso hacia nosotros mientras la noche entera parecía inclinarse en su dirección, como si el bosque hubiera reconocido a su dueña o, peor aún, como si reconociera que no podía oponerse a ella sin quebrarse por completo.
Sus manos a