El día del Festival de la Luna Nueva, mi cabaña se sentía como el vestidor de un gladiador antes de entrar a la arena. Sobre mi cama no había una armadura de cuero y acero, sino una de seda y luz de luna. Repasaba mentalmente el informe de Dorian, cada palabra era un arma, cada detalle una debilidad a explotar: la crueldad del rumor de Syrah, la duda honorable de la anciana Layla, la lealtad ciega de Valron.
La visita de Rheon fue la invocación a la batalla. Entró con el aire solemne de un mate