El mundo desapareció.
En el instante en que mis pies abandonaron el borde del Despeñadero del Mendigo, el sonido de la turba, el rugido del fuego, todo se desvaneció, reemplazado por un único y ensordecedor aullido: el del viento.
Caímos.
Aferré la mano de Ashen con una fuerza desesperada, mi otro brazo se aferraba a su cintura, uniéndonos en nuestra caída. El abismo nos tragó. No fue una sensación de flotar; fue un tirón violento hacia la nada, una aceleración que me robó el aliento y me revol