Cada paso era una eternidad de agonía. El callejón olía a orina rancia y a la basura de cien caravanas, pero ahora, sobre todo, olía a nosotros: a mi sudor frío de miedo y esfuerzo, y al olor cobrizo y espeso de la sangre de Ashen.
Él era un peso muerto, un gigante que se aferraba a la vida por un hilo. Su brazo estaba sobre mis hombros, y yo rodeaba su cintura con el mío, convirtiéndome en su muleta, su ancla. Su cabeza colgaba, su respiración era un jadeo húmedo y doloroso que me helaba la sa