El santuario no se apagó.
Tampoco volvió a la quietud que conocíamos.
La decisión no cerró el ciclo.
Lo inició.
La luz que había recorrido las columnas no desapareció, solo se asentó en un estado más profundo, más estable, como si el sistema antiguo no hubiera terminado de despertar, sino que ahora estuviera respirando por primera vez en generaciones.
El viento se movía con suavidad entre los árboles gigantes que rodeaban el claro. Ya no había tensión en el aire. No había ese peso que oprimía e