—Y si no lo dejo ir? ¿Qué harás entonces? —Hyeon tenía los ojos enrojecidos, pero no por furia. Por dolor.
—Entonces… tú pagarás las consecuencias —Miyeon se giró hacia la puerta—. No hay lugar para alguien como tú en la vida de nuestro hijo. Recoje tus cosas y lárgate. Mandaremos a limpiar tus feromonas del apartamento.
Una vez que la puerta se cerró, Hyeon se dejó caer de rodillas.
Todo su cuerpo temblaba. Pero no por miedo.
Por impotencia.
Por el grito ahogado de Ren.
Y por una promesa que n