El silencio era casi absoluto.
El cuarto se mantenía sumido en una penumbra espesa; las cortinas estaban corridas hasta el último pliegue y el aire olía a resto de sangre y humedad mezclada con el aire fresco que se colaba por debajo de la puerta.
Hyeon no había cerrado los ojos en toda la noche. Seguía muy preocupada.
Seguía allí, abrazado al cuerpo inmóvil de Ren, con la frente apoyada en su nuca y los labios rozando apenas su piel fría.
Cada tanto se inclinaba a escuchar su respiración… pero