Los invitados no podían disimular su desprecio. ¿Qué clase de hombre festeja con su amante mientras su esposa acaba de salir de las garras de la muerte, perdiendo en proceso a su hijo?
La madre de Juan, muy enfadada, le abofeteó con toda su fuerza:
—¡Desgraciado! ¿Así tratas a la mujer que casi muere? ¿La que perdió un bebé tuyo? ¡Eres la vergüenza de los Castro!
Al instante se le hinchó la cara, pero una sonrisa cínica apareció en sus labios.
Al verme en la silla, me lanzó un fajo de papeles: