—Te deseo Caleb.
—Hace un rato decías que estabas agotada.
Ignora mi comentario y toma mi mano libre, la cual lleva hasta su dulce intimidad, donde mis dedos se dejan arrastrar como si tuviesen vida propia y se adentran en ese lugar ya conocido, dándome la bienvenida como a un viejo amigo.
—¡Por Dios Caleb! Nunca tendré suficiente de ti —comenta moviendo sus caderas al son que mis dedos le marcan y colocando mi otra mano en su seno, el cual aprieto ligeramente.
Cuando estoy por mover mis dedos